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Sobre la gravedad, Rousseau y el dinero bancario.

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Sobre la gravedad, Rousseau y el dinero bancario.

Mensaje por Tux el Mar Sep 07, 2010 10:50 am

Hoy, mientras iba al trabajo, me puse a pensar. Y cuando yo me pongo a pensar, me monto unas paranoias de cuidado. Así que si vas a cometer la locura de leer el pedazo de texto que viene a continuación te recomiendo atarte al asiento y agarrarte fuerte a los posabrazos.

Comencé mi periplo recordando un viejo examen de filosofía que tuve en primero de bachiller. Esos exámenes constan de dos partes: una serie de preguntas, por un lado, y un texto sobre el que analizar y escribir una dicertación por otro. El texto era un relato de Borges en el que el reflejo de los espejos se revelaba contra las personas y nos pedían que relacionemos eso con Kant.

Yo lo enfoqué en la epistemología, es decir, el estudio del conocimiento. Asumamos que el espejo es nuestra mente y nosotros nuestra opinión subjetiva. De este modo, el reflejo que hay en el espejo, sería nuestro propio conocimiento. En ese reflejo SIEMPRE vemos una parte de nuestro cuerpo. No podemos, de ningún modo, verlo sin nuestra propia imagen. Podemos acercarnos y observar las cosas con más detalle, pero entonces nuestro reflejo sería mayor y veríamos menos. O podemos alejarnos y mirar más cosas en el espejo, pero con mucho menos detalle. Pero no podemos borrarnos del reflejo.

Y creo que el conocimiento es lo mismo: podemos alejarnos tanto como queramos para abarcar lo más posible, pero de ninguna manera conseguiremos que nuestra propia visión subjetiva quede por completo apartada de nuestro saber. No hay una manera posible para que tengamos una visión cien por cien objetiva de lo que vemos y nos rodea, porque siempre influirá nuestro yo.

¿Qué implica esto? Fácil: que nunca alcanzaremos la verdad en su estado más puro, siempre tendrá alguna impureza de nuestra propia opinión no objetiva. Si ahí afuera existe alguna ley universal inamovible, nunca llegaremos a conocerla. Perdón, miento, nunca llegaremos a tener una garantía de que esa ley es universal e inamovible porque nunca sabremos hasta qué punto nuestra visión subjetiva influyó en nuestro conocimiento de dicha ley. Nunca podremos estar cien por cien seguro de que eso que consideramos innegable sea innegable.

Pogamos un ejemplo para verlo más claro: La gravedad, nuestra ley física básica y, en teoría, universal. Esta ley está comprobada por toda una serie de complejos experimentos que “demuestran”, a través del método científico, que es cierta. Bien, ahora yo pregunto: ¿Qué garantía tenemos de que no sea todo un conjunto de casualidades? Me explico.

Imaginaos que tengo una moneda. Y la arrojo al aire. Hay las mismas posibilidades que salga cara a que salga cruz. Ahora imaginaos que la he arrojado veinte veces al aire y las veinte veces me salió cara, la siguiente vez que la lance, ¿qué tiene más posibilidades de salir? Al contrario de lo que muchos estéis pensando la respuesta es: Las dos tienen las mismas posibilidades. La realidad es que si bien estadísticamente estos experimentos tienden a igualarse, las probabilidades de que salga un suceso u otro SON SIEMPRE LAS MISMAS.

Así que yo digo que en realidad, la gravedad no es más que un fenómeno estadístico en que se arroja una moneda al aire y tuvimos la suerte de que siempre haya salido cara. Y en consecuencia, de un momento a otro, podría salir cruz y no cumplirse. Y no hay manera de comprobar que esto no sea cierto, porque nuestro conocimiento de esta ley está basado en un método experimental que perfectamente pudo haber dado siempre el mismo resultado por pura suerte.

Entonces, ¿por qué creemos que sea universal? ¿Por qué le damos ese valor? Porque sino no avanzaríamos. Nos quedaríamos estancados en una constante duda. Así que se podría decir que los científicos se reunieron en su momento y dijeron: “Vale, vamos a asumir que esta ley es universal, a pesar de que no tenemos una garantía inamovible, para poder seguir avanzando”. Es decir, firmaron una especie de convenio para tener algo a lo que atenerse y poder construir así, a partir de algo tan simple, todo nuestro complejo sistema científico.

¿No os suena esto conocido? Seguro que habéis oído hablar de Rousseau. Él tiene una teoría muy parecida: Nuestra sociedad ha firmado un contrato implícito en el que cedemos una parte de nuestra libertad al estado para que éste nos proporcione seguridad a través de una serie de normas, tanto legales como morales. Es decir, nosotros creamos entre todos un convenio para darle un valor a nuestras leyes que de por sí no tienen y así tener algo a lo que atenernos para seguir avanzando.

¿Qué pasaría si de pronto todos dejásemos de confiar en la universalidad de la gravedad? Que nuestro sistema científico se derrumbaría, porque todos los descubrimientos que parten de ésta carecerían de credibilidad. ¿Y si de pronto dejásemos de confiar en las leyes y dijésemos “Son solo un papel”? Que nuestro sistema social se derrumbaría.

Pero no es solo eso. Pensadlo, ¿en qué se basa nuestro sistema político? En una estructura de poder. ¿Qué es el poder? Una ilusión a la que nosotros le damos valor con nuestra propia creencia. Si ahora todos dejásemos de creer en el poder que tienen nuestro gobernantes, éste sencillamente desaparecería y nuestra estructura política se iría al garete.

Y es más, ¿en qué se basa nuestro sistema económico? En el dinero bancario. ¿Qué es el dinero bancario? Un numerito virtual al que nosotros le dimos valor con nuestra confianza en los bancos. ¿Qué pasaría si de pronto todos dejásemos de confiar en nuestros bancos? Supongo que no hace falta que responda, a esta altura.

¿Veis a dónde quiero llegar? Toda nuestra sociedad actual está basada en un sistema de creencias, de cosas a las que les damos valor nosotros mismos que per se no lo tienen. ¿Por qué hemos hecho todo esto? ¿Qué necesidad teníamos de construir este gigantesco mundo artificial?

Para contestar a esto, tenemos que volver a las preguntas de antes: ¿cómo sería el mundo sin estas creencias nuestras?: Caótico.

Hemos hecho todo esto con el único fin de huir del caos. Y esta reflexión nos lleva ahora a la clásica pregunta: ¿Existe el libre albedrío? Es decir, ¿nuestro mundo es un mecanismo perfectamente encuadrado y calculado donde todo está definido o una masa caótica de cambio constante y azaroso? Porque parece que a pesar de que durante años muchos han defendido la segunda postura, toda nuestra sociedad está basada en un miedo curioso a esta posibilidad, como acabamos de ver. ¿A qué se debe esto? ¿Por qué tenemos que construir un gigantesco sistema artifialmente determinista para no caer en el caos? ¿Qué problema tenemos con él?

Creo, básicamente, que el problema es la libertad. El caos significa libertad. Pero no la bella libertad poética a la que estamos acostumbrados, sino que libertad en su estado más puro. Ser libres significa renunciar al control y no estamos preparados para llevar eso a su mayor extremo porque implicaría que tendríamos que ir por el mundo tal cual somos. Ser libres quiere decir dejar de lado nuestras apariencias y eso es sinónimo a decir: “Mira, ¿ves esto de aquí? Son mis inseguridades. ¿Esa protuberancia del otro lado? Mis debilidades. Aquello que sobresale son mis miedos”.

Pero eso es solamente la parte más insignificante, ser libre quiere decir que estamos completamente a merced de la suerte y nuestras decisiones. Si estuviésemos en un sistema determinista, cuando ocurre una desgracia siempre tendríamos el consuelo de: “Esto ha ocurrido por algo, por algún motivo”. Cuando nos equivocamos, podemos decir: “Esto es algo que tenía que pasar”. Si todo fuese caos, cuando ocurre una desgracia es que tuviste mala suerte. No hay una razón existencial para que haya pasado, simplemente te tocó una mala mano. ¿Se te han muerto tus padres? Mala suerte, chaval. ¿Tienes una enfermedad terminal? Pos vale, a apechugar. ¿Sufriste un accidente? Uis, pero qué mala pata. Y no solo eso, si nos equivocamos, no nos equivocamos porque estaba escrito o porque era lo que tenía que pasar, nos equivocamos porque de todas las posibles decisiones, nosotros elegimos la mala. Somos los únicos responsables de las consecuencias y si hubiésemos elegido bien habrían sido las cosas distintas.

Y hay más. Eso trae una consecuencia clara: No hay bien, no hay mal, no hay fuerzas universales. Solo decisiones, azar y puntos de vista. Todo a lo que nos aferramos hoy en día dejaría de tener sentido.

Aparte, claro está, de algo mucho más evidente: Si nuestro destino está escrito, quiere decir que alguien se molestó en hacerlo, que nuestra vida tiene un fin y un propósito, que todo tiene un sentido. El caos excluye todo eso y nos reduce a una mera partícula de todo esa materia cambiante y azarosa.

¿Podemos vivir con eso? ¿Podemos vivir en el caos? ¿Podemos asumir que nuestro destino no está escrito? ¿Que somos insignifcantes y a pesar de que nuestras decisiones nos afectan muchísimos en nuestro plano individual y somos completamente responsables de ellas, en un plano global carecen de importancia? Si el humano llega a aceptar el caos y a vivir a él, ¿sería esa la llegada del tan anunciado superhombre de Nietzsche o la perdición de nuestra especie? ¿O sencillamente toda esta reflexión carece de sentido y estamos en un sistema determinista?

Si lo habéis leído entero, sus regalo un pin.
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